Las inundaciones extraordinarias causadas por el fenómeno
climático de El Niño en el Delta del Paraná no sólo han provocado
inconvenientes y gravosas pérdidas a la gente de las islas. También han
jaqueado la población más austral del ciervo de los pantanos, el mayor cérvido
nativo de Sudamérica y uno de los tres ciervos anfibios del planeta. Según
relevamientos del Proyecto Pantano –un esfuerzo mancomunado para conservar al
ciervo isleño–, numerosos ejemplares han muerto ahogados o por falta de
alimento. Y los sobrevivientes debieron buscar refugio en las zonas más
elevadas –incluyendo sectores periurbanos y barrios náuticos–, donde resultan
presa fácil para los cazadores pese a la protección legal de que goza la especie
(fue declarada Monumento Natural, máximo grado de amparo, por Buenos Aires y
Entre Ríos).
“El ciervo de los pantanos podría ser la primera especie
extinta del siglo XXI en ambas provincias si sus autoridades de fiscalización o
las del Estado Nacional no intervienen de manera inmediata –alertó Javier
Pereira, director del Proyecto Pantano–. De poco sirve que el Consejo Federal
de Medio Ambiente (COFEMA) haya declarado la situación de emergencia
poblacional para el ciervo de los pantanos en el Bajo Delta sin una protección
efectiva de la especie en el campo. A 40 kilómetros del Obelisco, en el Delta
del Paraná, peligra una rareza biológica y el ícono de una de las regiones
naturales más peculiares de la Argentina. Urge que los máximos responsables de
su conservación hagan lo que les corresponde. La extinción, no olvidemos, es
para siempre”.
Más del 90 % del territorio argentino está en manos
privadas. Resulta ingenuo, por tanto, esperar que la sola expansión del sistema
federal de áreas naturales protegidas pueda garantizar el mantenimiento de
nuestra biodiversidad. También hace falta llevar la conservación al paisaje
productivo, escenario de los conflictos entre hombre y naturaleza. Esto, en el
caso del ciervo de los pantanos, implica trabajar mancomunadamente con los
productores forestales del Bajo Delta del Paraná, acordando un manejo de las
forestaciones y los predios silvopastoriles que favorezca la conservación de la
especie y, bajo su “paraguas”, de toda la biodiversidad regional.
Foto: Roberto Rainer Cinti
No es casual que las líneas de investigación generadas por
el Proyecto Pantano apunten a sentar las bases científicas de ese manejo. Veamos
algunos ejemplos. Con la ecología nutricional conocimos la dieta del “pantano”,
lo cual permitirá plantear la restauración de flora nativa clave para su
supervivencia o, si el consumo de recursos forestales tiene entidad,
estrategias que mitiguen el conflicto con los productores cuando crezca el número
de ciervos. El estudio de muestras de ADN, a su vez, expondrá la “salud
genética” de la población delteña, permitiéndonos vislumbrar qué áreas merecen
una atención especial para el diseño de corredores biológicos. Y tanto la
ecología espacial como los relevamientos de distribución señalarán dónde convendría
establecer esas vías de intercambio genético. Claro que nada de esto podría trasladarse
exitosamente al campo sin el consenso de los productores forestales, su participación
activa y el profundo conocimiento que tienen del ambiente isleño.
Foto: Roberto Rainer Cinti
Adoptar un manejo conservacionista genera beneficios. Las
grandes empresas forestales verán incrementadas las chances de certificar su
producción, llave de mercados tan prometedores como el europeo. Los pequeños y
medianos productores tendrán oportunidad de diversificar la suya con
actividades que dependen de un “ambiente sano”, como la apicultura o el
ecoturismo. Y todos gozarán del agua pura, el generoso suelo y los servicios
ambientales que brindan los humedales en equilibrio (entre ellos, el control de
plagas). Pero son “razones del corazón” las que mejor explican el entusiasta
involucramiento del sector forestal en el Proyecto Pantano. La gente de las
islas no está dispuesta a perder su “memoria verde” y, menos aún, su animal
icónico.
Foto: Roberto Rainer Cinti
De buena madera
Adolfo Lazzarín tiene cien hectáreas plantadas con álamos y
sauces a la vera del Canal 6. El ingeniero agrónomo Roberto Landó es el
responsable ambiental de Arauco Argentina, una empresa trasnacional con
alrededor de 33.000 hectáreas en el Delta. En una punta y la otra del espectro,
representan la amplitud del apoyo que supo granjearse el Proyecto Pantano entre
los productores forestales.
El productor forestal Adolfo Lazzarín, junto a sus hijos Héctor y Cristian.
“Nos criamos con el ciervo así que lo sentimos algo propio
–fundamenta Lazzarín–. Cómo no vamos a luchar para conservarlo, para que siga
estando en la isla pese al daño que pueda hacerle a algunos renovales. A veces,
de puro extrañarlo, nos damos una vuelta por la quinta sólo para verlo. Si se
extingue moriría algo nuestro, muy nuestro”.
Landó, cuya pasión por el Delta lo llevó a afincarse en la
región, suma a las razones afectivas la visión de una empresa decidida a ser un
referente mundial en el desarrollo sustentable de productos forestales: “El respaldo
de Arauco a la conservación del ciervo de los pantanos no es un hecho aislado –destaca–.
Forma parte de un compromiso ambiental que incluye, entre otras acciones, la
adopción del protocolo de prácticas favorables a la biodiversidad acordado
entre la Asociación Forestal Argentina y el INTA, la certificación FSC para todos
sus productos, la prohibición de caza en sus predios y más de 3000 hectáreas de
ambientes autóctonos bajo protección (el 10 % de sus propiedades en Delta)”.
Roberto Landó, jefe de Sistematización y Áreas Naturales Protegidas de Arauco Argentina.
Las cámaras trampa con sensor de
calor y movimiento, que capturan automáticamente fotos y videos de cuanto se
les cruce por delante –tanto de día como de noche–, constituyen un valiosísimo
instrumento para evaluar la fauna silvestre. Sus registros brindan inestimables
datos sobre la distribución de las especies, su abundancia relativa, el uso que
hacen del espacio. E incluso iluminan aspectos de su conducta, como patrones de
actividad y épocas de celo.
Prosiguiendo el esfuerzo iniciado
hace seis años por Natalia Fracassi (INTA) y Javier Pereira (CONICET), su coordinadora
general y su director, el Proyecto Pantano cuenta hoy con más de doscientas estaciones
de muestreo dotadas de cámaras trampa en los pajonales naturales, las
forestaciones de sauce y álamo, los pastizales ganaderos y los bosques
secundarios del llamado Núcleo Forestal del Delta.
Las miles de imágenes obtenidas de
ciervo de los pantanos ya permitieron el desarrollo de fichas para la
identificación de más de setenta individuos, herramienta fundamental en los
estudios de comportamiento, conectividad y ecología espacial. Pero es mucho más
lo que prometen una vez procesada su información junto a la que surja de los
relevamientos sistemáticos de signos (huellas, fecas y astas). Servirán, por
ejemplo, para trazar un mapa preciso de la distribución del ciervo en el Bajo
Delta, estimar su densidad poblacional, saber cómo usa el hábitat y cuál es su
relación con las especies competidoras (la vaca y el axis), detectar las zonas
más aptas para establecer corredores biológicos que aseguren el necesario intercambio
genético entre los núcleos poblacionales de la región. ¡Y todo esto gracias a
un oportuno click!
Elaboración: Damián Voglino
Efectos
colaterales
Ciervo axis
El uso de cámaras trampa brinda a
veces frutos inesperados. En nuestro caso, fueron los primeros registros –allá
por el 2009– de la presencia en el Delta bonaerense de tres mamíferos: la
mulita grande (Dasypus novemcinctus para
la ciencia), el zorro de monte (Cerdocyon
thous) y el ciervo axis (Axis axis),
hoy con poblaciones ya establecidas en la región.
Los dos primeros pertenecen al
elenco faunístico nativo. Se supone que habrían ingresado desde el norte, quizás
acompañando el aumento de temperaturas desencadenado por el cambio climático o
favorecidas por la construcción de grandes diques, que atenuaron los efectos de
las crecidas e incrementaron el porcentaje de tierras no inundables.
El axis, introducido al país desde
Asia con fines cinegéticos, se habría expandido desde cotos de caza del oriente
entrerriano. Esta especie invasora, merece señalarse, puede representar una
amenaza para el ciervo de los pantanos como competidor por el alimento y
potencial fuente transmisora de enfermedades infecciosas.
Juntar excrementos no parece una tarea de relevancia científica. Sin embargo, resulta muy provechosa para dos de las líneas de investigación que integran nuestro proyecto: la genética poblacional y la ecología nutricional. Es que las fecas, tanto como las astas y los peloscolectados en el campo, conforman una generosafuente de informaciónacerca del ciervo de los pantanos. Para disponer de ella, además, no hace falta capturar ejemplares.
Foto: Vanina Fernández
Estas “muestras no invasivas”, como se las llama, nos permiten obtener ADN de los ciervos isleñosy vestigios de las plantas que consumen.
¿Para qué sirven estos insumos?
Comencemos por las muestras de ADN. Con su estudio en laboratorio y el procesamiento estadístico de los resultados no sólo conoceremos la variabilidad genética de los tres núcleos que se presume conforman la población de la especie en el Bajo Delta. También podremos determinar si están o noconectados (vale decir, si existe riesgo de endogamia). Y estimar su abundancia, la proporción de sexos e incluso cuántos individuos se están reproduciendo.Estas referencias resultan esenciales para saber cómo se comportan estos núcleos poblacionales e inferir sus posibilidades de supervivencia a largo plazo.
Foto: Vanina Fernández
No menosfructíferos son los restos vegetales que se encuentran en las fecas. A través de su identificación bajo microscopiopodremos inferir la composición de la dieta de los ciervosdelteños y, por lo tanto, precisar el impacto que causan en las plantaciones de sauces y álamos –raíz del conflicto con los productores forestales–, estimar sus requerimientos nutricionales y elegir las especies más adecuadas para la restauración de flora nativa en predios forestales.
Intimidades de laboratorio
Foto: Alberto Famelli
Colectar fecas, pelos y astas es sólo el comienzo. Mediante una máquina especialmente adquirida para el proyecto, las muestras de ADN obtenidas se someten a la reacción en cadena de la polimerasa –conocida como PCR por sus siglas en inglés–, a fin de amplificar los marcadores moleculares de interés y así estimar tanto los índices estadísticos que describirán la variablidad genética de las subpoblaciones isleñas del ciervo de los pantanos como otros parámetros de relevancia para su conservación.
Los restos vegetales de las heces, a su vez, son reconocidos bajo microscopio en forma conjunta por el IADIZA-CONICET y nuestro equipo de Ecología Nutricional, que paralelamente está ensayando una técnica novedosa para la especialidad: el estudio de los isótopos estables de fecas frescas y pelos, cuya puesta a punto permitirá simplificar los análisis de dieta. El proceso culmina con la preparación y el envío de ejemplares de las plantas identificadas al Laboratorio de Ecología Nutricional del Hunter College, en Nueva York, donde se efectuarán los estudios de que nos valdremos para estimar la situación nutricional del ciervo de los pantanos en el Bajo Delta. Todos estos esfuerzos significarán un valioso aporte al desarrollo de métodos no invasivos para la evaluación del estado genético y nutricional de las poblaciones de animales silvestres.